En el corazón de una ciudad que nunca dormía, existía un callejón tan estrecho que los mapas preferían ignorarlo. Allí, tras una puerta de madera descascarada, vivía el señor Julián, un hombre cuyas manos siempre olían a aceite de lavanda y metal antiguo. Su oficio no era simplemente arreglar relojes; él rescataba el tiempo que la gente dejaba perder.
—El tiempo no se acaba —solía decir a los pocos clientes que cruzaban su umbral—, simplemente se enreda en los rincones de la prisa.
Una tarde de lluvia, una joven entró en la tienda. No llevaba un reloj roto, sino una caja de música que había dejado de sonar décadas atrás. El señor Julián se colocó su monóculo de aumento y observó el mecanismo. No había engranajes quebrados ni cuerdas vencidas. Lo que faltaba era algo mucho más sutil.